Amparo Rubiales doctora en Derecho y abogada, ha publicado en el periódico EL PAIS una inteligente reflexión sobre la próxima presidenta de la Argentina
Siempre que una mujer sale elegida, o es designada, para un puesto de alta responsabilidad, sentimos una enorme satisfacción; hemos estado tantos siglos excluidas del poder que empezar a recuperarlo es la reparación de una injusticia histórica que está costando mucho esfuerzo restituir. No me planteo nunca eso de si tiene capacidad o no para el puesto que ocupa: el valor se lo doy por supuesto, como se hace con los hombres. Pero resulta aterrador que siempre que una mujer se singulariza en algo es su condición de mujer lo primero que se comenta, y así ha ocurrido con la presidenta electa de Argentina, que de lo que más se ha hablado es de si usa o no bótox, si lleva ropa cara o barata, si se pinta o no mucho o si va mucho o poco a la peluquería; todo "muy importante" para saber si podrá resolver los problemas de la ciudadanía argentina. ¿Por qué no llamarla Cristina Fernández y a su marido, Néstor Kirchner de Fernández? No obstante, lo que me produce una auténtica sublevación es lo del apellido. ¿Cómo se llama la presidenta argentina? Pues según la prensa de todo el mundo, Cristina Kirchner o, en el mejor de los casos, Cristina Fernández de Kirchner. Eso de que las mujeres al casarse pierdan el apellido propio para pasar a tener el del marido es una aberración cultural, similar, por ejemplo, a la del velo, que tiene su origen en esa subordinación al hombre con la que, dicen, hemos nacido... Aquello de la costilla de Adán, y cosas por el estilo, provocan estas cosas. ¡Y luego dicen que el uso del lenguaje no tiene un valor simbólico! ¿Seguirá siendo "de Kirchner" cuando ejerza de presidenta del pueblo argentino o pasará el marido a llamarse "de Fernández"? Seguramente dominará para siempre el apellido del hombre. Ésa es la costumbre y no hay que darle mayor importancia, dirán muchos, incluso puede que la propia afectada. Ahí tenemos otro caso: Hillary Clinton, que empezó manteniendo su propio apellido, Rodham, pero que ya ha sucumbido al muy importante de su marido, el todopoderoso Bill Clinton. Antes no teníamos poder, ahora que empezamos a alcanzarlo, parece que lo conseguimos por ser "señoras de...". No deja de tener gracia. Todo nos cuesta tanto que recientemente ha publicado EL PAÍS los resultados de un estudio sobre las mujeres ejecutivas en el que se concluye que "el 30% de las directivas renuncia a su cargo al no poder conciliar trabajo y familia". En ese estudio se dicen cosas tan preocupantes como que el 22% de las directivas dicen tener en sus maridos "el mayor lastre" de sus carreras. O también que no se discrimina a la mujer sino a la madre, o que una de cada seis europeas desearía trabajar, pero no lo hace por la familia. O la fortaleza que están adquiriendo en Estados Unidos los grupos de mujeres que reivindican la vuelta al hogar. Foto de portada: Cristina Fernández,presidenta electa de Argentina en Madrid Foto:Alejandro Cherep Añadir como favorito (0) | Cite este artículo en su sitio | Vistas: 810 | Imprimir | E-Mail
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