Algo así se debió plantear Don McCullin, el británico que se hizo famoso en los años 70 por sus brillantes retratos de los conflictos del hombre (Irlanda del Norte, Vietnam, las guerras africanas...). Para quienes tengan ocasión, su trabajo puede ser visto en la exposición que él mismo presentó hace unos días en Madrid o en el libro de la colección Photo Poche, que ha editado Lunwerg.
McCullin responde a la perfección a ese modelo de fotógrafo de guerra que un día dijo: ¡basta! Difícil comprender a alguien que ha acumulado tal volumen de dolor ajeno. En su caso, lo asumía como propio: un hombre pegado al suelo, que comparte el sufrimiento de sus retratados. Hoy la fotografía le ha recuperado, gracias a una ONG que le ha propuesto trabajar en proyectos comunes. "Ahora me siento útil", ha dicho.

Christophe Simon / AFP
Aunque entiendo ese pesimismo de quien pasa las heridas abiertas como si fueran cuentas de un rosario, admiro a aquellos que nos obligan a desayunarnos con la repulsión hacia las acciones de hombres contra hombres. Comprendiendo su desesperanza, afirmo que sí, su trabajo es útil y eficaz, aunque a medio y largo plazo.
Algunos de los más curtidos fotógrafos de conflictos nos enviaron unas imágenes vergonzantes de la guerra de los Balcanes. Creo que su trabajo fue decisivo para que finalizara esa abominable contienda en mitad de Europa. Pero además han contribuido de una manera decisiva a las condenas que continúa imponiendo el tribunal de las Naciones Unidas contra los crímenes de guerra.
Esta semana este tribunal, basado en La Haya, ha sentenciado a 33 años de prisión a uno de los responsables del asedio y las matanzas de Sarajevo, el general serbio Dragomir Milosevic. Este hecho pone de actualidad imágenes como las que analizamos esta semana, tan comunes en aquellos tiempos: una mujer herida por una granada de mortero es ayudada por su marido mientras les trasladan hacia el hospital.
La fotografía tiene el clásico vahído de una imagen de hace quince años y un cierto movimiento a lo 'travelling', que indica que el fotógrafo se encuentra dando pasos en dirección a la escena. El punto de fuga al fondo del callejón le da todavía más movimiento. Una imagen tan cruel, que es difícil imaginar cómo Occidente soportó decenas de ellas a diario, sin mover un solo dedo.
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