Blog de Ángel Casaña, director de fotografía del periódico 'EL MUNDO', edita y comenta la imagen fotográfica de la semana
MADRID-El próximo 31 de agosto se cumplirán 11 años de la noche en la que un grupo de fotógrafos rodeó un vehículo de lujo aparcado junto a una puerta lateral del Hotel Ritz de París. Se había corrido la voz de que la pareja de moda, cuya cotización en el mercado del corazón había crecido más que el precio de un barril de Brent, se alojaba allí con su nuevo novio, Dodi Al-Fayed. La princesa Diana era todo un icono pop y sus movimientos eran seguidos de cerca por multitud de objetivos y flashes. El grupo era diverso: desde fotógrafos rosa puro -Christian Martínez- hasta profesionales que tocan todos los palos -Jacques Langevin-. Éste último, es autor de algunas de las fotos más famosas de la revuelta de Tiananmen. Un juez ha decidido ahora que su muerte fue producto del exceso de alcohol en sangre del conductor y el acoso de los fotógrafos, mal llamados entonces paparazzi. La sentencia también menciona los cinturones de seguridad sin abrochar de los ocupantes del vehículo. El resto de detalles los hemos conocido mil veces. Aquel hecho tuvo un impacto que todavía perdura en la visión que la opinión pública tiene de los fotógrafos de prensa. Todos ellos pasaron a ser paparazzi, sin distinciones. Para la calle que se mueve en metro y paga hipoteca, es muy difícil distinguir y por tanto apreciar a los profesionales vocacionales y honrados de los buscavidas. Paparazzo fue el personaje que retrató Federico Fellini en 'La Dolce Vita' como paradigma del cotilla profesional, aquel que se esconde tras las cortinas para conseguir los últimos amoríos y desamores, los nacimientos y decesos...  Fotografía policial de los fotógrafos detenidos por el caso Lady Di Desde entonces el plural de esa palabra se utiliza para identificar a los fotógrafos de la prensa del corazón. Los paparazzi son para el el imaginario popular una evanescente y etérea mezcla de épica, lujo y dinero fácil. La realidad es muy distinta. Sus crónicas en primera persona, acodadas en la barra de un bar, en vaso bajo y con dos cubitos de hielo, son un rosario de disfrazes y persecuciones, con fotos robadas o vuelta a casa sin la presa.No todos los colores del mundo rosa son tan brillantes historias de éxito: la mayor parte de las ocasiones, las que no se cuentan, los movimientos son puras navajadas por la espalda entre compañeros, cual filibusteros con parche en el ojo. El territorio no tiene una frontera clara y en el se mezclan buscadores profesionales y otros que entran circunstancialmente en busca de fortuna. No pueden ser defendidos gratuitamente porque a nadie obligan las circunstancias: no caeré en la demagogia de culpar a la sociedad por empujar a alguien a robar. Muchos hombres y mujeres nacieron-nacen-nacerán pobres y no todos se dedican a la sisa. De la misma forma, no se puede explicar las jugadas de esos fotógrafos por la sola existencia de ese tipo de prensa. Sin embargo, ellos no están solos. Editores y lectores son también actores de una escena en la que se crea y destruye personajes y personajillos. Cada uno con su porción de responsabilidad, no sólo los fotógrafos participan del sistema. Un sólo dato: el entierro de Lady Di fue el programa más visto de la historia de la televisión en todo el mundo.
En ocasiones, una foto policial se convierte en todo un documento. En este caso, retrata a los fotógrafos Romuald Rat, Serge Arnal, Jacques Langevin, Nikola Arsov, Laslo Veres y Christian Martinez. Y al motorista Stephane Darmon, último por la derecha. Se destaparon de repente esos rostros siempre cubiertos por una cámara. Los números sobre sus pechos, las manos sin saber qué hacer y los rostros demacrados por horas de comisaría conforman una imagen de pobre calidad pero de gran elocuencia. Son los sospechosos habituales y ahora en parte culpables. HO/AP Añadir como favorito (0) | Cite este artículo en su sitio | Vistas: 750 | Imprimir | E-Mail
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