“Opiniones de un payaso con perdón de Henrich Böhll”
Si algo caracteriza a los carnavales son las máscaras y los disfraces, en los que subyace un deseo inconsciente de ser otra persona: de hacer algo diferente a lo que se ha hecho el resto del año. La costumbre, pagana, está arraigada en la humanidad desde el tiempo de los egipcios y fue esta civilización la primera en entronizar la fiesta de los Locos, en las que el último esclavo era elegido durante un día para gobernar el reino. Algo parecido sucede en el pueblo abulense en donde por un día las mujeres son las jefas absolutas, y lo mismo ocurre con la primigenia fiesta de los Obispillos, en la que los niños eran, por unas horas, los reyes de la casa.
Pero tras estos festejos, lo que se intentaba era compensar el poder del astro rey, que había comenzado su andadura en enero, con un poder femenino y lunar. El Carnaval era, así, una especie de contrapeso que equilibraba la fuerza masculina. La razón a las caretas hay que buscarla en el Dios Jano, que con sus dos caras representaba las dos potencias humanas: el impulso femenino y el masculino: la noche y el día, el bien y el mal. No es de extrañar que Jano fuera también el dios del Caos, porque en él estaban contenidas todas las fuerzas y es por eso que el Carnaval se caracterizaba por una ausencia tan absoluta de normas y reglamentos, que no era extraño que, amparados en las máscaras y disfraces se resolvieran en esos días antiguas pendencias. De hecho, en el Renacimiento, época de oro del Carnaval, los ajustes de cuentas y los fallecimientos por arma blanca se multiplicaban. Hoy, salvo en lugares de economía convulsa y gran pobreza como Brasil o Haití, en el resto del mundo los carnavales son una buena excusa para cambiar por unas horas y ser alguien distinto: el ama de casa se transmuta en buscona, el rico en mendigo, el médico en asesino y el niño, si le dejan, en el personaje que más miedo de, para conjurar así el que pasa durante el resto del año. Pero el Carnaval era, además, una fiesta en la que se celebraba el fin del descanso invernal y el paso a la labranza y preparación de la tierra. Los campesinos pasaban unos días hartándose y holgazaneando, para volver a una dura tarea que no terminaría hasta el invierno siguiente. Así tendría explicación entonces que tras las juergas y descontroles del Carnaval llegara la Cuaresma, con la dureza de su preparación para asistir a la muerte de Jesús durante la Semana Santa.El carnaval como expresión de la cultura popular fue una de las formas más contundentes y expresivas de los festejos del pasado. Una fiesta en la que todos los miembros de la comunidad participaban de una u otra forma; todos eran actores y espectadores en las calles y en las plazas. Era una época de postulaciones, de disfraces grotescos, de figuras amables, de monstruos míticos, de monigotes enigmáticos, de canciones repetidas, de bailes alegres, de danzas rituales, un orden caótico de carrozas adornadas, comedias, excesos, abusos y violencia. El carnaval muestra en sus manifestaciones un mundo de símbolos, de dobles lenguajes que no sabemos o no podemos interpretar; como mucho, intuir, por eso no puede contemplarse sólo como folclore: el carnaval era expresión de unas creencias, de unas formas de vivir y de sentir, época de burlas, de mofas, de pensamientos soterrados, de crítica social, de inversión de categorías jerárquicas, de transgresión; pero también de preparación para la Cuaresma, para el ayuno, para la abstinencia, para el recogimiento. En su diversidad, pero también en su homogeneidad, en su complejidad, en su aparente contradicción, el Carnaval nos muestra el mundo, o mejor, una visión del mundo que emana de ese concepto, a veces tan etéreo, que llamamos cultura popular. Existen tres teorías o interpretaciones principales sobre Carnaval: La que ve en su celebración un rito agrario de fertilidad y de renovación, con raíces en los tiempos paganos. La segunda es la que lo considera en plena concordancia con el ritual cristiano, en la que los excesos de se explicaban por la época de abstinencia que le seguía. Carnaval se derivaría por tanto, de una yuxtaposición y oposición a la Cuaresma. Por último, la tesis que considera esta época como un tiempo de protestas, de crítica social, de ruptura, de mundo al revés. Es probable que sea imposible adoptar un punto de vista monolítico, pues en el Carnaval confluyen, de una manera u otra, todos esos puntos de vista. Algo que da a la fiesta ese carácter especial por los múltiples significados que reúne en torno a ella. Es más, sugería y sugiere -de ahí su riqueza- cosas diferentes para personas distintas. Parece que una de las etimologías más razonable de "Carnaval/Carnavales" se refiere a una palabra que pretende designar los últimos días anteriores a la Cuaresma, es decir, a una época de ayunos y abstinencias. En definitiva venía a designar los últimos día en los que se podían comer platos de carne (carne vale). La palabra es un posible italianismo (Carnevale), pues la forma tradicional de denominar estos días en castellano era "Carnal", "Carnestolendas", más culta, o la más popular de "Antruejo" derivada de la voz "introitus", todas ellas recogidas en la literatura clásica y analizadas por Julio Caro Baroja en su obra El Carnaval.
Jaime Barrientos Añadir como favorito (0) | Cite este artículo en su sitio | Vistas: 2135 | Imprimir | E-Mail
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