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David Felipe Arranz es filólogo y periodista. Ha trabajado en medios radiofónicos como Radio España, Radio Círculo y en la actualidad colabora en la prensa cultural e imparte clases en el Máster de Gestión Cultural de la Universidad Carlos III de Madrid. Participa de forma habitual en congresos y jornadas sobre lengua española, literatura y cine. Es coautor de El Quijote en el cine (Madrid, Jaguar, 2005) y El universo de Alfred Hitchcock (Madrid, Notorius, 2006).
Con Cervantes y Quevedo en los figones En Puerto Lápice, provincia de Ciudad Real, donde don Quijote le dijo a Sancho que hallarían nuevas aventuras “por ser lugar muy pasajero”, se ha reconstruido una de las tres ventas que existieron en tiempos de Cervantes y que Azorín visitó, de la mano de don José Antonio, el médico del pueblo, cuando aún era un solar semiderruido. Los ancianos del lugar, mediante dibujos, habían guardado la memoria de la posada que sirvió a don Miguel de inspiración para recrear aquella en la que el hidalgo fue armado caballero. Este Breve diccionario también nace con esa encomiable voluntad de memoria e identifica varias ventas reales de nuestra literatura: las del Alcalde, a medio camino en la ruta que iba de León a Sevilla, a decir de Cervantes en Rinconete y Cortadillo; la de Landino (entre Mairena y Marchena, en Andalucía), en la que “más dan por el agua que por el vino”; la de Viveros (entre Madrid y Alcalá), calificada por Quevedo de “siempre maldita” en El Buscón; Tejada (entre Toledo y Córdoba), en la que nos dice Cervantes en La ilustre fregona que servía la guapa Marinilla; las de Darán, también en ese mismo camino, a las que se refiere Vélez de Guevara en El diablo cojuelo con el nombre de Durazután, “que es en Sierra Morena”; la del Molinillo, entre Toledo y Córdoba, a unas cuatro leguas de Almodóvar del Campo, “en los fines de los famosos campos de Alcudia”, según escribe Cervantes en Rinconete; etc.
 Portada de `Breve diccionario´ De manera igualmente exacta y apoyada en pasajes literarios sitúa el autor las posadas y los mesones, en los que a veces -la literatura picaresca más bien nos habla de los gatos que fueron liebres- servían exquisiteces que en la época no se estimaban más allá del alimento perentorio y que ahora, en los tiempos de la comida rápida, se han convertido en manjares de reyes, merced a nuestra indolencia culinaria e impasibilidad ante el avance gastronómico -lo de gastronómico es un decir- “usaco” que todo lo homogeneiza: el riquísimo letuario, el alajú, la aloja, el bizcocho de galera, el capón de leche, la colación, la carraspada, el hipocrás, el jigote, el manjar blanco... Si están intrigados o si ya se les ha hecho la boca agua, sacien su curiosidad en el libro. La fortuna de la brevedad, si bien enjundiosa y de gran rigor sistemático, con que ha sido concebido este diccionario lo convierte en el compañero inseparable de la Ruta de don Quijote que el maestro Azorín trazó en 1905 para El Imparcial, a medida que recorría los senderos literarios del Quijote, tan reales y tangibles, tan al alcance de todo aquél que quiera descubrirlos. Hace poco tuve ocasión de subir a visitar los tres molinos originales que se enseñorean de los alrededores de Puerto Lápice y les puedo garantizar que no es una imagen fácil de olvidar. Abajo, el sol quemaba la tierra, pero arriba el viento frío hacía mover las aspas -ahora de hierro- de los formidables “gigantes” y nada descabellado parece que Alonso Quijano, individuo de natural colérico e ingenioso, les otorgara vida en su imaginación. El contexto gastronómico que jalona la Ruta de don Quijote siempre proporciona la excusa idónea y apetecible para disfrutar aún más, si cabe, de la literatura áurea. No se compadecen bien el Guzmán de Alfarache ni nuestro inconmensurable Romancero con los restaurantes de diseño de la metrópoli, de diseño minimalista, en los que da apuro ensuciar una servilleta. José Esteban, escritor e investigador seguntino, nos propone un atractivo recorrido por el imaginario de la literatura española a través de los lugares, personajes y alimentos reales que recogen las principales obras escritas a lo largo de los siglos XVI y XVII. Su estilo, grato al paladar y muy digestivo, es el mejor acicate para hacer las veces de entrante al mundo de Cervantes, Quevedo, Lope y Tirso de Molina, un patrimonio de todos al alcance de la mano que exige un continuo rescate, como mínimo a la altura de este magnífico trabajo. Esteban editó en 1983 La cocina del Quijote, del marino y escritor Cesáreo Fernández Duro, reeditada recientemente por Rey Lear, y que cierra el díptico que compone este apetitoso guiso. José Esteban, Breve diccionario de ventas, mesones, tabernas, vinos, comidas, maritornes y arrieros en tiempo de Cervantes, Murcia, Nausícaä, 2006. Añadir como favorito (0) | Cite este artículo en su sitio | Vistas: 2678 | Imprimir | E-Mail
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