Los admiradores del valido italiano del rey Luis XIV recogieron sus poco escrupulosas máximas para alcanzar ambiciosos objetivos políticos
 David Felipe Arranz es filólogo y periodista. Ha trabajado en medios radiofónicos como Radio España, Radio Círculo y en la actualidad colabora en la prensa cultural e imparte clases en el Máster de Gestión Cultural de la Universidad Carlos III de Madrid. Participa de forma habitual en congresos y jornadas sobre lengua española, literatura y cine. Es coautor de El Quijote en el cine (Madrid, Jaguar, 2005) y El universo de Alfred Hitchcock (Madrid, Notorius, 2006).
Permítanme la advertencia irónica: es mejor que este libro no caiga en las manos de quienes detentan -que no ostentan- el poder, del tipo que sea, y sirva mejor a quienes hemos de protegernos contra su tiranía. A buen seguro que a aquéllos les daría sólidas razones para afianzarse en un sistema de antivalores humanistas que, de seguirse al pie de la letra y tal y como están organizados los círculos de poder, perpetuaría in aeternam a individuos potencialmente peligrosos y a neuróticos obsesionados con la jerarquía, el dominio, la sumisión de sus súbditos y el ansia nunca satisfecha y megalómana de controlar las vidas ajenas. Tal es la fuerza y la efectividad argumentativa y retórica que veo en este formidable breviario. Pero insisto en la recomendación para el resto de los mortales, la mayoría, de la lectura del apetecible “cuaderno” que ahora edita Acantilado, pues lo propongo como vacuna e introspección en el estómago voraz de este tipo de sujetos que terminan gobernando los destinos de los pueblos y, sobre todo, de cómo consiguen alzarse invictos sobre sus propias cenizas, resucitando una y otra vez.
Cuando muere Luis XIII en 1643, las esperanzas de los intrigantes de la corte francesa por hacerse con el trono, dada la corta edad del príncipe Luis, se vieron truncadas por el repentino nombramiento del cardenal Julio Mazarino, criado a los pechos de Richelieu, por la reina Ana de Austria. Dicen que la viuda, la hija de Felipe III, había visto en él el vivo retrato de su amado duque de Buckingham, pero lo cierto es que el recién nombrado ministro contaba con el apoyo de Richelieu, que lo había propuesto como su sucesor antes de su muerte: su objetivo, como el de Mazarino, era debilitar la monarquía hispánica y atesorar riquezas (fueron los dos hombres más ricos de la historia de Francia). El partido de “La Fronda” al que pertenecían, entre otros, ese temerario admirable y soñador llamado Cyrano de Bergerac, encontraba inadmisible que un clérigo extranjero, un italiano, fuera a regir los destinos de su país, de modo que emprendieron una fuerte campaña contra él: ahí quedan escritas de su puño y letra las burlescas Les Mazarinades, entre las que destaca especialmente una, Le Ministre d'Estat flambé. Mientras, el cardenal sabía que dejándoles decir a los vocingleros frondistas, a él lo dejarían hacer. El Parlament de los doscientos abogados también se opuso a su política de aumento de tasas y gabelas para amortiguar los dispendios de auténticos sinvergüenzas como el superintendente Particelli d'Emery. El astuto Mazarino envió entonces con su petición por escrito de gravar con impuestos a los ciudadanos franceses nada menos que al joven pupilo, el rey Luis XIV, que por entonces se interesaba más por El Cid de Corneille que por las ciencias que inútilmente trataba de enseñarle el abad de Beaumond. Richelieu logró que la reina Ana se enfrentara a su hermano Felipe IV, cuando en 1635 estalló la guerra entre las dos potencias: Mazarino continuó la labor iniciada por su maestro y se alió con Cromwell para vencer a España en 1657, en la batalla de las Dunas. El arte del político propugnado desde Maquiavelo no es precisamente el que guarda relación directa con la moral: la idea de Platón expuesta en El político o en La República muere con los estadistas y validos en el Renacimiento y el Barroco europeos. El verdadero arte de la “ciencia” política -si pudiera escribiría aún más comillas- consiste, por deturpación y traición al espíritu griego, en el dominio de la intriga para mantenerse el mayor tiempo posible en el ejercicio del poder. Cuando Juan de Gondi, el coadjutor de la reina, había conseguido que Mazarino fuese desterrado, que se hubiese puesto el precio de cinco mil escudos a su cabeza y que esta suma se fuera a obtener de la venta de su biblioteca, no podía ni imaginarse que el cardenal volvería fortalecido de su destierro, con sus poderes plenos y reestablecidos, y que conseguiría algo más insólito aún: que un alérgico a las coronas como Cromwell se aliara con él en una cruzada anglofrancesa contra España. A los leguleyos del Parlamento, los amigos de Cromwell, que buscaban el apoyo de sus homónimos británicos, se les derrumbó su edificio como si de un castillo de naipes se tratase... y Mazarino mató no dos, sino dos centenares de pájaros de un solo tiro. Toda esta política de imposibles y obtención de poder a perpetuidad se explica en este libro: la obtención de favores de otras personas, el logro de la fama y del reconocimiento en beneficio propio, la administración del tiempo personal, cómo aparentar leer o escribir algo diferente a lo que verdaderamente se está haciendo, la manera adecuada para ganar dinero y conservarlo, la apariencia oportuna de los sentimientos, cómo concitar odios o favorecer cariños a voluntad, el arte del disimulo o la virtud de la desconfianza... Valga como ejemplo el modo tan simple y crudo con que Mazarino conservaba los favores: “Nunca sostengas una opinión contraria a la suya, ni se la rebatas, y si te atreves a hacerlo, deja que te convenza, que te haga cambiar de parecer, y finge que así ha sido”. No olvidemos el origen romano de las estrategias de la ciencia del discurso (dialéctica, retórica, oratoria) ni el precedente un siglo antes de Maquiavelo, al que Mazarino da una vuelta de tuerca más en ese difícil y pervertido arte de mantenerse en el poder. Como he indicado al principio, un librito primordial para aquellos que, desde un talante liberal, tratamos de anticiparnos a los voraces fagocitadores de cargos, a los tragamillas de las pirámides sociales; como nos advierte Ioannis Selliba, el editor original de las máximas de Mazarino compiladas en 1684, “no para engañar, sino para no dejarte engañar”. Cardenal Mazarino, Breviario de los políticos, trad. de Alejandra de Riquer, Barcelona, Acantilado, 2007. Añadir como favorito (0) | Cite este artículo en su sitio | Vistas: 2130 | Imprimir | E-Mail
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