Fue una de las mentes más brillantes, ensayista y novelista aquí reflexiona sobre la mujer, su imagen, la fotografía, para no olvidarla
Hago esto, tolero esto, quiero esto..., porque soy una mujer. Hago aquello, tolero aquello, quiero aquello..., a pesar de que soy una mujer. A causa de la preceptiva inferioridad de las mujeres, su condición de minoría cultural, el debate sobre lo que las mujeres son, pueden ser, deberían querer ser, aún continúa. Freud se formuló supuestamente la célebre pregunta: "Dios santo, ¿qué quieren las mujeres?". Imagínese un mundo en el que parezca normal interrogarse "Dios santo, ¿qué quieren los hombres?". Pero ¿quién puede imaginar un mundo semejante?
Nadie cree que la Gran Dualidad es simétrica; ni siquiera en Estados Unidos, que los viajeros extranjeros desde el siglo XIX destacaron como paraíso para las mujeres con ínfulas. Lo femenino y lo masculino son una polaridad inclinada. La igualdad de derechos de los hombres nunca ha merecido una manifestación o una huelga de hambre. En ningún país los hombres son menores de edad jurídica, como lo fueron las mujeres hasta bien entrado el siglo XX en muchos países europeos, y todavía lo son en muchos musulmanes, de Marruecos a Afganistán. Ningún país otorgó el derecho al voto a las mujeres antes que a los hombres. Nadie pensó nunca en los hombres como el segundo sexo. (...)
La tradicional unidad de un libro de fotografías de mujeres es una suerte de ideal de la esencia femenina: mujeres que lucen alegremente sus encantos sexuales, mujeres que se velan tras una mirada enternecedora o remilgada.Los retratos de mujeres exhibían su belleza; los de hombres, su "carácter". La belleza (terreno de las mujeres) era tersa; el carácter (terreno de los hombres) era duro. Lo femenino era complaciente, plácido o quejumbroso; lo masculino era enérgico, penetrante. Los hombres no parecían nostálgicos. Las mujeres, idealmente, no parecían enérgicas.
 Susan Sontag Cuando a comienzos del decenio de 1860 una mujer inglesa de mediana edad, bien relacionada, exuberante, llamada Julia Margaret Cameron adoptó la cámara como vocación, invariablemente fotografiaba a los hombres de manera distinta que a las mujeres. Los hombres, entre ellos los poetas, eruditos, y científicos más eminentes de la era victoriana, posaban para sus retratos. Las mujeres -la mujer, hija, hermana, sobrina de alguien- servían de modelos para los "temas extravagantes" (la frase es de Cameron). Las mujeres estaban habituadas a personificar los ideales de la feminidad extraídos de la literatura o la mitología: la vulnerabilidad y patetismo de Ofelia; la ternura de la Madona con el Niño. Casi todas las modelos eran parientes o amigas; o su doncella, que, convenientemente vestida de nuevo, encarnaba diversos iconos exaltados de la feminidad. Sólo Julia Jackson, la sobrina de Cameron (y futura madre de la futura Virginia Woolf), en homenaje a su excepcional belleza, nunca posó como nadie salvo como ella misma. La búsqueda de la belleza
Lo que habilitaba como modelos a las mujeres era precisamente su belleza, como la fama y el éxito habilitaban a los hombres. La belleza de las mujeres las volvía sujetos ideales. (Notablemente, no había papel alguno para la belleza pintoresca o exótica, así que cuando Cameron y su marido se mudaron a Ceilán, hizo muy pocas imágenes). En efecto, Cameron definió la fotografía como la búsqueda de la belleza. Y búsqueda fue: "¿Por qué no viene la señora Smith a ser fotografiada?", escribió a una amiga sobre una dama de Londres a la que no conocía en persona. "Me dicen que es Hermosa. Pugna por que venga y se convertirá en Inmortal".
Imagínese un libro de imágenes de mujeres en el que ninguna pudiera ser considerada hermosa. ¿No parecería que el fotógrafo ha cometido una suerte de error? ¿Tendría mala voluntad? ¿Misoginia? ¿Estaría privándonos de algo que todos tienen derecho a ver? Nadie diría cosas equivalentes de un libro de retratos de hombres. (...)
En una mujer, la belleza es algo absoluto. Es lo que sustituye, en una mujer, al carácter. También es, por supuesto, una representación; algo querido, planeado, obtenido. Al mirar un viejo álbum fotográfico familiar, el escritor francés nacido en Rusia Andreï Makine recuerda un truco que solía obtener el singular brillo de belleza que veía en algunos de los rostros de las mujeres: "Estas mujeres sabían que para parecer hermosas, lo que debían hacer unos segundos antes de que las cegara el destello era articular las siguientes sílabas misteriosas en francés, de las que pocos sabían el significado: Pe-tite pomme". Como por arte de magia, la boca, en lugar de extendida en una falsa dicha o contraída en una mueca ansiosa, formaba un círculo grácil... Las cejas se arqueaban ligeramente, el óvalo de sus mejillas se alargaba. Repetías petitepomme y la sombra de una dulzura distante y ensoñada velaba tu rostro, refinaba tus facciones...
Una mujer fotografiada aspiraba a un aspecto uniformado que denotaba un refinamiento ideal de rasgos "femeninos", transmitido por medio de la belleza; y la belleza se entendía como distanciamiento de lo corriente. En la fotografía proyectaba algo enigmático, de ensueño, inaccesible. En la actualidad, la idiosincrasia y la franqueza en la expresión son lo que despiertan el interés de un retrato fotográfico. Y el refinamiento está demodé y parece pretencioso o fingido.
La belleza -fotografiada en la tradición principal que prevaleció hasta hace poco- borraba la sexualidad de las mujeres. E incluso en las fotografías de erotismo manifiesto, el cuerpo podría estar contando una historia y el rostro, otra: una mujer desnuda que yace en una postura agotadoramente indecente, con brazos y piernas extendidos o que ofrece su trasero, con el rostro vuelto hacia el observador con la expresión insulsamente afable del retrato fotográfico respetable. Las modalidades más novedosas de fotografiar a las mujeres disimulan menos su sexualidad, y así como la exposición de las carnes femeninas antaño prohibidas o las poses carnales aún son un tema difícil, así las respuestas inveteradas que reafirman las condescendencias masculinas hacia las mujeres bajo la guisa de la apreciación libidinosa. La lascivia de las mujeres siempre se ha reprimido o se les ha echado en cara.
La identificación de las mujeres con la belleza era una manera de inmovilizarlas. En tanto que el carácter evoluciona, revela, la belleza es estática, una máscara, un imán para la proyección. En la legendaria toma última de Queen Christina (La reina Cristina de Suecia), la reina -Greta Garbo-, que ha abdicado del trono de Suecia, renunciado a las prerrogativas masculinizantes del monarca a cambio de la modesta felicidad femenina, abordado el buque en el que iba a reunirse con su amante extranjero a fin de marcharse con él al exilio, para descubrirlo herido de muerte a manos de un rechazado y vengativo pretendiente de la Corte, está de pie en la proa del buque de cara al viento, se erige en monumento a la congoja. Mientras se preparaba la iluminación de la toma, Garbo preguntó al director, Rouben Mamoulian, en qué debería pensar durante el rodaje. Nada, respondió célebremente. No pienses en nada. Con la mente en blanco. Sus instrucciones produjeron una de las imágenes más intensamente emotivas de la historia del cine: a medida que la cámara se acerca y mantiene un primer plano prolongado, el espectador no puede menos que interpretar una creciente desesperanza en ese rostro incomparablemente hermoso, sin una lágrima, ausente. El rostro como máscara sobre la cual se puede proyectar lo que se desee es la consumada perfección de la mujer como objeto de la mirada. (...)
Estereotipos
Del mismo modo que la fotografía ha favorecido mucho la confirmación de estos estereotipos, también puede dedicarse a complicarlos y socavarlos. En Mujeres, de Annie Leibovitz, vemos a las mujeres al servicio de los imperativos de la mirada. Vemos a mujeres para las cuales, a causa de la edad o de que les preocupan las obligaciones y placeres de criar niños, las reglas de la representación ostentosamente femenina son irrelevantes. Son muchos los retratos de mujeres definidas por los nuevos trabajos a los que tienen acceso en la actualidad. Hay mujeres fuertes, algunas que desempeñan "trabajos de hombres"; algunas, bailarinas y atletas de poderosas musculaturas que sólo comenzaron a ser visibles recientemente, cuando se fotografiaron esos cuerpos femeninos de campeonato.
Uno de los cometidos de la fotografía es la revelación, y el establecimiento de nuestro sentido, de la diversidad del mundo. No es la presentación de ideales. No hay programa salvo el de la diversidad y el interés. No hay juicio, lo que por supuesto es un juicio en sí mismo.Y la diversidad es en sí misma un ideal. Queremos saber que por cada esto hay un aquello. Queremos tener una pluralidad de modelos.
La fotografía está al servicio de un ethos poscrítico que está ganando influencia en las sociedades cuyas normas se extraen de las prácticas del consumismo. La cámara nos muestra muchos mundos, y el meollo es que todas las imágenes son válidas. Una mujer puede ser una policía o una reina de la belleza o una arquitecta o un ama de casa o una física. La diversidad es un fin en sí mismo; muy celebrada en los Estados Unidos de la actualidad. Una fe muy estadounidense, muy moderna en la posibilidad de transformación personal continua. Por lo general, una vida se refiere, al fin y al cabo, a un estilo de vida. Los estilos cambian. Esta celebración de la variedad, de la individualidad, de la individualidad como estilo, mina la autoridad de los estereotipos sexuales y se ha convertido en una inexorable fuerza opuesta a la intolerancia que aún les niega a las mujeres más que un acceso testimonial a numerosas ocupaciones y vivencias.
Un libro de fotografías, un libro sobre las mujeres, un proyecto muy estadounidense: generoso, ardiente, inventivo, abierto. Nos compete a nosotros decidir qué pensar de estas imágenes. Al fin y al cabo, una fotografía no es una opinión, ¿o sí? Añadir como favorito (0) | Cite este artículo en su sitio | Vistas: 1751 | Imprimir | E-Mail
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